18 de mayo de 2026

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Aunque sin evidencia científica, Trump vincula al paracetamol con el autismo

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Desde la Casa Blanca y acompañado de su secretario de Salud Robert F. Kennedy jr. (polémico antivacunas), Donald Trump dijo que Estados Unidos había encontrado un posible vínculo entre el autismo y el consumo de paracetamol durante el embarazo. Además, el mandatario estadounidense propuso la leucovorina (ácido fólico) como parte del tratamiento para combatirlo. El asunto es que, hasta el momento, no existe una evidencia científica contundente que permita sostener con argumentos tales afirmaciones. En un nuevo capítulo de oscurantismo, Estados Unidos avanza contra el consenso científico y médico, y juega con fuego. Recomendar a las mujeres dejar de tomar un fármaco seguro –como el paracetamol– podría conducir a que las madres dejen de mitigar el dolor, desencadenen presión alta y pierdan el bebé.

“El acetaminofeno (paracetamol) puede asociarse con un riesgo muy elevado de autismo”, dijo Trump en la sala Roosevelt. Y siguió: “Recomendamos firmemente que las mujeres limiten su uso durante el embarazo a menos que sea necesario desde el punto de vista médico, como una fiebre muy alta”. Todo suena demasiado repentino y descabellado, pero una cosa son los científicos norteamericanos de primer nivel que, al igual que otros alrededor del mundo, buscan una solución para el autismo, y otra cosa muy distinta es el uso político que hace el presidente norteamericano de una información tan sensible como esa. Como si un espectro tan complejo tuviera una única causa que lo provoca. 

Luego, Trump asumió que las cifras de autismo habían crecido un 400 por ciento y que, bajo esta premisa, la causa de ese incremento debía ser “algo artificial”, algo que la gente “está tomando”. Por su parte, la empresa que comercializa paracetamol en EE.UU. (Tylenol, elaborado por Kenvue), horas atrás cuestionó la información oficial: “El acetaminofén es la opción más segura de analgésico para mujeres embarazadas cuando es necesario durante todo el embarazo. Sin él, las mujeres enfrentan elecciones peligrosas: soportar afecciones como la fiebre, potencialmente dañina tanto para la madre como para el bebé, o usar alternativas más riesgosas”.

El fin de semana, en ocasión del funeral de Charlie Kirk, Trump había comunicado: “Creo que les parecerá asombroso. Creo que encontramos una respuesta al autismo”. Una afirmación que combina la duda (“creo”) y una afirmación tajante (“encontrar una solución”). Fiel a su estilo, en aquella ocasión decía: “No lo permitiré más”. ¿Será él quién de un momento a otro termine de un plumazo con el autismo? Ahora bien, ¿existe evidencia científica de que el paracetamol que ingieren las madres sea el responsable del autismo de sus niños? Lo que aún significa más: ¿la leucovorina podría funcionar para prevenirlo?

Asociación no es causalidad

El autismo es un trastorno del neurodesarrollo que afecta la comunicación y la interacción del individuo con sus pares. Habitualmente, las personas que lo poseen desarrollan diferentes maneras de procesar la información. Como existe una amplia gama de síntomas y variedad, se trata de un espectro vinculado a orígenes genéticos y ambientales. Según la Clínica Mayo, aunque no existe cura, “recibir tratamiento temprano, durante los años preescolares, puede marcar una gran diferencia en las vidas de muchos niños con esta afección”.

En diálogo con Página 12, María Luz González Gadea, doctora en Neurociencias e Investigadora del Conicet, selaña: “En agosto de este año salió un meta-análisis publicado en una revista que tiene bastante buen impacto, que analiza la gran cantidad de estudios publicados sobre este tema. Lo hace, además, con un método bastante riguroso. Reporta una asociación positiva entre el consumo de paracetamol durante el embarazo, específicamente en el segundo y tercer trimestre, y la probabilidad de tener un hijo o una hija con trastornos del neurodesarrollo”. Luego aclara: “Hay que destacar que se trata de una asociación y no de una causalidad. O sea, nosotros sabemos que están relacionados estos dos hechos, pero ello no quiere decir que consumir paracetamol va a causar directamente un hijo con autismo”.

“En los últimos años hubo un aumento de la prevalencia de los trastornos del neurodesarrollo, que está dado por factores externos (ambientales) que se están estudiando. También es verdad que ahora hay más diagnósticos y que antes no había. Entonces, en ese contexto, hay que tomar la relación entre paracetamol y embarazos con cautela”. Y remata: “El artículo recomienda no prohibirlo, pero sí restringirlo a un uso muy preciso. Al mismo tiempo, también hay que saber que inflamaciones y dolores crónicos no tratados por ningún analgésico pueden causar problemas en el feto”.

Por otra parte, este lunes la agencia reguladora de medicamentos de Estados Unidos aprobó un medicamento a base de leucovorina que combate la deficiencia cerebral de folato, que fue asociada con el autismo. La leucovorina es una forma concentrada de ácido fólico, que se da a las mujeres embarazadas para el desarrollo saludable de los bebés.

Respecto del uso del ácido fólico como tratamiento, la científica responde: “Hay algunos papers que incluyen ensayos randomizados controlados, que muestran algún efecto en el consumo oral de ácido fólico en niños y adolescentes para el tratamiento del autismo. O sea, lo que encuentran es que el consumo de ácido fólico por parte de personas que tienen este diagnóstico mejora la interacción social en niños y niñas”. Sin embargo, observa: “La verdad es que para este caso no hay una evidencia tan robusta, y no estaría, en mi opinión, directamente relacionado con lo anterior”.

A favor del paracetamol, existe consenso científico sobre su seguridad y eficacia para mujeres embarazadas. De hecho, no hay, al momento, una relación de causalidad que explique el autismo del bebé a partir del consumo de la madre. Al menos no lo hay a partir de evidencia científica contundente.

Negacionista de pura cepa

La concepción de la ciencia que tiene Trump es cuanto menos polémica. Durante la pandemia propuso la hidroxicloroquina como una respuesta rápida para combatir al coronavirus. También recomendó inyectarse lejía y tomar sol como prácticas que podrían servir para el combate del Sars CoV-2. Luego, no dudó en colocar como secretario de Salud a Robert F. Kennedy jr. un polémico antivacunas que, lejos de promover la importancia de inmunizarse como política de salud pública, invita a las familias a que duden del conocimiento científico, a que busquen en Google sus propias respuestas. Incluso, desempolvando una vieja controversia, ha esbozado que las vacunas podrían provocar autismo.

Este lunes Trump también declaró que «no hay motivos» para vacunar a los recién nacidos contra la hepatitis B, una enfermedad incurable y altamente contagiosa, sin dar pruebas de los beneficios de ese cambio radical. «Yo diría que esperen hasta que el bebé tenga 12 años y esté crecido», dijo Trump, una recomendación que implicaría un cambio profundo en los protocolos de vacunación vigentes en Estados Unidos.

Es cierto que la ciencia puede cambiar, que lo que en el presente es de una manera, mañana puede no serlo. El asunto es que la experiencia ha mostrado que el gobierno estadounidense no ha hecho más que difundir teorías conspirativas y ha hecho culto de negacionismos varios. La novedad difundida este lunes sobre el vínculo del paracetamol y el autismo infunde temor en las mujeres embarazadas, que consumen paracetamol como una de las herramientas más seguras al momento de calmar el dolor. Una nueva irresponsabilidad del mandatario estadounidense que ya tiene al planeta acostumbrado con sus irracionalidades y con su falta de apego a las evidencias científicas. 

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