Encontrarse con un yihadista no es algo de todos los días. ¿Qué se puede esperar de una persona que declara una guerra santa? ¿Cómo luce? El rechinar de las hamacas y los gritos de los nenes que van y vienen por la plaza no ayudan a retener los pensamientos. Marcan un contraste: algo en sus risas inocentes aumentan lo gris de Tribunales donde espero ver, por primera vez, cómo opera la Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción.
Miro la hora con culpa. No quiero que me vea sacar el celular. No sé qué piensa de los teléfonos ni quiero parecer irrespetuoso. Son las tres de la tarde. Desde el bullicio de la Avenida Córdoba llega, puntual, Lisandro. Se terminan las especulaciones: es un chico joven, de unos treinta años. Tiene puesto un buzo estampado, un saco cuadrillé, pantalón tipo cargo con aire militar y una gorrita rosa viejo. No busca pasar desapercibido. Me reconoce primero. Dice: “Vos sos el periodista”.
— Vos sos el periodista.
— Sí. ¿Vos sos Lisandro?
— No, lamentablemente Lisandro no pudo venir. Tiene unos problemas familiares que resolver. Pero le hubiese encantado.
— ¿Cómo te llamás?
— Me podés decir El Infiltrado.
Para romper el hielo arranco por un tema trivial. Le hablo del lugar que eligió para el encuentro, las calesitas de Tribunales. Le pregunto si vive o trabaja por la zona. Se ríe. Dice que no, la eligieron porque les queda más cómoda a todos. Ese plural —ese todos— me hace tragar saliva: la entrevista la pacté con Lisandro, mano a mano. ¿Quiénes son todos?
Sos adicto a Twitter, pelotudo
La primera vez que escuché hablar de la Yihad contra las redes sociales fue en X. Un usuario había publicado una foto de un afiche en la calle con la consigna “sos adicto a Twitter, pelotudo”. La mayoría de los comentarios eran de personas indignadas. Otros ya hablaban de sus vinculaciones con Medio Oriente. Algunos más, de un posible financiamiento kirchnerista. Desde una radio de Palermo, Ernesto Tenembaum comentaba la campaña.
Que el contenido se haya viralizado tan rápido no es una sorpresa. La campaña reunía todo: un mensaje potente y una organización misteriosa con una palabra árabe: yihad. Una palabra que puede traer más rápido la imágen de la Yihad Islámica y sus acciones militares que la de un grupo de personas que combaten el uso de las redes sociales con carteles.
A nivel etimológico —explica en un ensayo el historiador especializado en Islam Clásico, Diego Melo— yihad significa “esfuerzo”. Para él hay un error en traducir yihad como guerra santa, ya que, dice, para referirse específicamente a la guerra existe la palabra árabe harb. Pero al momento de la viralización de la campaña, posiblemente, muy pocos pensaron en la interpretación espiritual de la palabra. Y los yihadistas lo sabían.
Los yihadistas
La charla con El Infiltrado es anárquica. Como hace demasiado frío para sentarnos en un banco, todo transcurre dando vueltas por la plaza. Al igual que con los temas de conversación, él decide cuándo hacer una pausa y cuándo seguir caminando. Así cuenta que la yihad nació poco antes de la pandemia entre un grupo de personas que tenían las mismas ideas sobre las redes sociales y la adicción a la pantalla, y que fue Lisandro el gran unificador.
Intercambiamos miradas y recomendaciones de libros. Pregunto si su disputa es también partidaria. Dice que no, que su lucha es transversal, y, medio ofuscado, encara por primera vez fuera de la plaza. Cruzamos la Avenida Córdoba. Dice que ya es momento de ir a tomar el café que habíamos acordado. Paramos a mitad de cuadra en el El Teatro, un típico bar porteño. En la puerta, El Infiltrado se disculpa. Se tiene que ir, dice. Y se va.
Adentro sólo dos personas, el mozo detrás de la barra y una chica joven en una mesa para cuatro pegada a la ventana. La miro y se para. Hace un ademán para que me siente. Lo hago. Antes de poder empezar a hablar, saca de su mochila un reloj de arena. Lo pone sobre la mesa, lo da vuelta y, entre los bocinazos de la avenida y el freno chirriante de los colectivos, empieza a hablar.
Manifiesto yihadista
En su página los yihadistas se presentan con una especie de manifiesto. Dicen que lo que hacen es una “guerra por el destino de la humanidad”, una “batalla en todos lados todo el tiempo”. Su objetivo, aclaran, es “evitar la adicción conectiva impulsada por Meta, TikTok, X y Google”.
“Atravesamos una pandemia de estupidez mundial, el diagnóstico se interpreta a partir del gesto: alguien que scrollea 3 horas diarias, puede ser caracterizable como pelotuda”, agregan en el mismo tono que sus carteles, con un número que se queda corto en relación el tiempo que realmente pasan los argentinos en redes sociales. Igual, aclaran que son “enemigos mortales de los tecnócratas pero no Ludditas”.
Debajo del manifiesto hay cuatro propuestas: primero, hacen una invitación a unirse a la yihad; después, sumarse a un evento público; también ofrecen un link para acceder a un pdf que permite imprimir los carteles; o –la alternativa más reciente– se puede pedir su asesoramiento para crear una página web y sacar, de forma gratuita, una organización o emprendimiento de Instagram.
Quiero despertarme en un mundo agradable
El reloj de arena avanza. No interrumpo. Yira, una piba un poco más joven que El Infiltrado, habla sobre los gestos que perdemos mirando el celular. Cuando habla de los teléfonos dice “acá” y señala la libreta que dejó sobre la mesa. Es punzante, sostiene la mirada y los silencios. Dice que mirar el celular no es un gesto inocuo. Lo hace con algo de bronca y angustia. Cada tanto se toca la gorra que lleva puesta, hace una pausa, y sigue.
La charla lleva poco más de media hora cuando Yira se calla, agarra el reloj de arena, su libreta y, sin decir nada, se va del bar. Al mismo tiempo entra una tercera chica, alta, de rulos y lentes. Está vestida con un buzo tipo canguro mostaza y, por encima, un saco. La gorra, esta vez, es negra y deportiva. Se presenta. “Me podés decir Ruina, si querés”, habilita.
Llevo más de una hora hablando con yihadistas y si algo queda claro es que cada quien tiene sus propias obsesiones. Cada quien lleva la guerra santa adelante por diferentes motivos.
Con Ruina la charla es amena. Va y viene. Puedo preguntar tranquilo y responde todo. Explica, por ejemplo, que no están en contra de Netflix. Pero que tampoco les parece que esté bueno el ejercicio de navegar eternamente hasta encontrar algo que ver. Es enfática, dice que su batalla es contra las corporaciones de la distracción, no del entretenimiento. Plataformas, sí. Pero como herramientas. Sabiendo qué se va a buscar. No caer en el zombie scrolling, un concepto cada vez más utilizado para hablar de la dinámica del eterno deslizar del pulgar y que se explica por sí mismo.
Le pregunto cómo se imagina el futuro en 15 años. Piensa. Dice que no sabe. Que ella es optimista. Insisto en la pregunta. No responde. Pasa un rato más y, un poco aturdido, agradezco su tiempo. Como si todo hubiese sido una prueba, me invita a la reunión que van a tener dentro de unos días. “Podés venir”, autoriza. El café, aclara, lo invita Lisandro.
Dune y Yihad Butleriana
En el nombre Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción también hay una referencia a Dune, la novela de ciencia ficción escrita por Frank Herbert en 1965, y a la llamada Yihad Butleriana, un grupo de personas que logró vencer a las máquinas pensantes que los habían esclavizado. Ante la protesta de que las traducciones al castellano no son lo suficientemente buenas, proponen ellos mismos una transcripción del primer capítulo:
— ¿Por qué hacés pruebas para saber si alguien es humano?, preguntó Paul.
— Para liberarte.
— ¿Liberarme?
— Hubo un tiempo en que la humanidad delegó su razonamiento a las máquinas, esperando que eso los hiciera libres. Pero eso solo permitió que otros humanos, con máquinas, los esclavizaran.
— “No harás una máquina a semejanza de la mente humana”, citó Paul.
— Exactamente como dice la Yihad Butleriana y de la Biblia Católica Naranja, dijo ella. Pero lo que la B.C.N. debería haber dicho esto: “No harás una máquina que falsifique una mente humana”.
La primera reunión con los yihadistas
Arriba de la mesita del living hay pocas cosas: un vinilo de Zappa, Yendo de la cama al living, de Charly, algún que otro libro y una pila de afiches. En la pared hay una biblioteca con una vitrina que, en fibrón, expone un alias y un monto a transferir. En algún momento va a llegar la comida india y la logística está preparada de antemano. El espacio cierra con dos sillones, una mesa grande y un escritorio angosto con esmaltes, limas y una lámpara de secado de manicura. Desde la cocina llega la voz de Mercedes Sosa reproducida desde una especie de parlante táctil.
Hasta ahora todas las caras son desconocidas salvo la de El Infiltrado. Pero no sólo para mí. Hay, de hecho, caras nuevas para los yihadistas. Dos personas que se contactaron vía mail y están en su primera reunión. Llego a escuchar algunos datos: uno, un chico de poco más de 30 años, trabaja en una heladería; otro, más joven, de unos veintipocos, en marketing. De a poco, la ronda se forma alrededor de los sillones.
Los yihadistas hacen chistes. Se ríen. Interrogan a los nuevos. Les preguntan cómo llegaron a conocerlos. Hablan de las redes sociales, de la inteligencia artificial, del trabajo del futuro y la creatividad. Cada tanto un timbrazo interrumpe, alguien abre desde el portero y, de pasada, deja la puerta abierta. La dinámica es familiar y está aceitada. Cuando, por fin, El Infiltrado tacha todos los nombres de la lista que esperan para esta noche, alguien propone empezar con el aburrimiento.
La adicción en números
En Argentina, el uso de redes sociales está por arriba del promedio mundial. Es de 3 horas 45 minutos para los días de semana, con una suba los viernes a 4 horas y 5 minutos, y picos los sábados de 4 horas 25 minutos, y domingos de 4 horas 23, según reveló este año el único informe federal que hay sobre el tema, desarrollado por la Universidad FASTA y el Observatorio Universitario de Mar del Plata.
“Si vemos la curva de cada uno de los días, tenemos una campana que inicia en los menores de 18 años un uso de redes sociales por arriba de 5 horas de lunes a viernes y de entre 6 y 7 horas los fines de semana”, explicó a Página|12 Lorena Carballo, coordinadora del informe. “Lo más fuerte de los temas buscados es entretenimiento asociado a ocio; comidas y bebidas; deportes; y después otros temas”, agregó.
El problema es el guiso
Antes de empezar cualquier reunión o evento, los yihadistas, literalmente, se aburren. Empezaron con un minuto y fueron subiendo de a 60 segundos. Llegaron a pasar la media hora, aunque ahora, por una cuestión de practicidad, decidieron volver para atrás. Cuando todo está dispuesto, El Infiltrado toca unos botones en un artefacto negro del tamaño de una caja de zapatos y apaga la última lámpara que sigue prendida. Es un temporizador, explica, para que nadie tenga que mirar el celular. Cuando pasen los 15 minutos de aburrimiento, la luz volverá a prenderse.
Pasado el tiempo todo es más tranquilo. Las conversaciones se amainan. En medio llegó la comida y, recién ahora, la máquina se activa de nuevo. De un olla alguien empieza a servir arroz en cada uno de los 20 platos y otro dispone los curris sobre la mesa. El encargado del temario toma la posta. Sentado en una de las cabeceras, no puedo dejar de pensar en cuánto puede estirarse el tiempo cuando no se tiene una pantalla adelante, como si algo comenzara a deshincharse.
Van más de cuatro horas de reunión y en el temario no queda nada por delante. Gran parte del tiempo lo dedicaron a elegir cuándo y dónde hacer su próximo slam —concurso— de discursos políticos y cómo hacer para preparar guiso para cien personas que puedan vender esa noche. Antes hablaron sobre la seguridad de los datos de los yihadistas y cómo una persona del grupo planteó en una reunión de padres postergar la entrega de celulares a sus hijos de manera conjunta y suscitó elogios e indignación.
La ronda se abre de nuevo, algunos se quedan en la mesa y otros van a sentarse en los sillones. Les preguntan a los nuevos qué les pareció el encuentro y si tienen alguna pregunta. El más joven consulta por qué eligieron la palabra yihad. Otro, si la guerra santa que llevan adelante es defensiva u ofensiva. Entre miradas desconcertadas empiezan a dar sus visiones: hay bastante consenso en que se trata de ataque, también escucho conceptos como subversión y consignas como recuperar el espacio perdido.
Un adicto, soy un adicto a ti
A pesar de que muchos jóvenes pasan casi la mitad del tiempo despiertos pegados al celular, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales no señala esta adicción como un diagnóstico específico. En el día a día, sin embargo, son cada vez más las familias y personas que se acercan a consultar por este tipo de consumo problemático. Así nacieron las clínicas de salud mental especializadas en el tema, como el centro menteAmente, que desde el corazón de Madrid ofrece entre sus servicios asistencia para personas con adicción a videojuegos y redes sociales.
David López Gómez, médico psiquiatra en menteAmente, explicó a Página|12 que “el uso excesivo de redes sociales roba tiempo para otras actividades que generan mayor bienestar y satisfacción”. Además, dijo, “estas plataformas fomentan una visión distorsionada del mundo: promueven la inmediatez, la superficialidad, la falsa idea de que debemos estar felices todo el tiempo y que cualquier malestar debe neutralizarse inmediatamente”.
Sobre cómo combatir esta situación, López Gómez afirmó: “Es fundamental un abordaje tanto individual como social. A nivel social, debemos concienciar sobre los riesgos del uso excesivo de estas plataformas y fomentar una educación sobre su uso racional. A nivel individual, si el consumo es muy problemático, recomiendo realizar una evaluación psiquiátrica, ya que más de la mitad de las personas con una adicción conductual presenta también un trastorno mental subyacente, como ansiedad, insomnio, TDAH o depresión”.
La improductividad soberana: slam de discursos políticos
“¡Tengo miedo de abrir un frasco de aceitunas y que me hablé Siri!”, grita arriba de una tarima un tal Ema, un tipo de unos treintaytantos, con una cerveza en la mano. En la parte de atrás de una gráfica del barrio de Chacarita todos escuchamos en silencio. No es un error. No es un borracho interrumpiendo el show. Su discurso es punk. Pura catarsis. Cuando termina, todo el espacio se inunda de aplausos.
La YCCD difícilmente pueda explicarse sin hablar del slam de discursos políticos, una de las patas de acción directa de la organización. La lógica es sencilla: las redes sociales inundan todos los huecos llenando de dopamina cada minuto. En este contexto, la imaginación, dicen, se aplasta. ¿Y qué mejor que un concurso de discursos políticos de partidos inexistentes y propuestas absurdas para poner a conectar, desde el juego y la palabra, algo de la creatividad abandonada?
Después de haber pasado una hora haciendo tiempo, charlando con extraños y viendo cómo de una olla tamaño industrial se sirven tandas de guiso y los frascos de mermelada se llenan de vino, escucho lo que pasa en este tercer slam de la yihad. Me conmuevo con la historia de Tito sobre la resistencia del Parque Saavedra; todo es sorpresa con la perfo de Sur vontade que sale del baño al grito de “yo no soy un robot” revoleando naranjas a los oyentes; y adhiero a la iniciativa de Amarula, que propone cobrar un impuesto mensual de un peso para fundar el Ministerio de la Imaginación y avanzar con la doctrina de la improductividad soberana.
Los slam son erráticos. Las intervenciones transitan sin pausas. No hay un temario definido y está prohibido leer los discursos. Hay dedicación y memoria. El ganador se elige en esta misma tónica, en un concurso de aplausos. Claro, después de un rato para la rosca política en la que se pueden formar alianzas entre candidatos. Esta vez el debate de fondo es entre dos bandos, los aceleracionistas y los pugnan por el freno de mano. La votación es pareja.
La batalla del futuro
Augusto Salvatto tiene 31 años y es consultor en innovación y economía del conocimiento. Hace unos meses publicó La era del malestar: algoritmos y redes antisociales (2024, Editorial Lea) y antes, junto a su hermano, Mateo, La batalla del futuro (2021, Editorial Lea). Desde el otro lado del teléfono, con el sonido de las balizas de fondo, asintió cuando le cuento de los yihadistas y sus consignas. Asegura que en su círculo de amigos sale todo el tiempo la charla sobre el uso de las pantallas y el deseo de poder dejarlas un poco más de lado.
— ¿La batalla del futuro implica también empezar a pensar críticamente el tiempo que pasamos en los teléfonos celulares y en las redes sociales?
— Sí, 100%. Creo que hay tres grandes aproximaciones hacia este problema. A la mayoría de las personas que trabajan en el bienestar digital con una mirada crítica sobre el uso de la tecnología las podríamos agrupar en una categoría tecnopesimistas. Después hay otra perspectiva, absolutamente acrítica, medio fanática, muy optimista tecnológica, con una visión probablemente muy naif. Nosotros tratamos de pararnos en una vía intermedia entre esas dos miradas, entendiendo que esa misma tecnología, esos mismos algoritmos que usan para retenerte en Instagram, son algoritmos que podrías utilizar para aumentar la adhesión a un tratamiento médico. Es la misma tecnología, el mismo algoritmo, conceptos muy parecidos, pero aplicados a cosas distintas.
Ante la pregunta sobre si está a favor de militar contra el uso de las redes sociales, Salvatto explicó: “Hay una cuestión del orden de lo deseable y otra del orden de lo posible. En el orden de lo deseable, estoy súper a favor de reducir considerablemente el tiempo de exposición a pantallas, especialmente en los más chicos y cuando hablamos exclusivamente de consumo de contenido audiovisual. En el orden de lo posible, creo que no podemos encarar con soluciones individuales un problema que es colectivo”.
La doctrina yihadista
La casa de F. es la última al fondo de un PH. Salvo por algún martillazo que llega desde una obra en construcción de mitad de cuadra, el silencio parece dar lugar a una Buenos Aires dormida. Los techos altos dan la sensación de espacio y la biblioteca, que se divide entre libros y juegos de mesa, un aire amigable. Antes de empezar la primera entrevista en on para hablar de la Yihad contra la Corporaciones de la Distracción me ofrece un café y, de pie en la hornalla a la espera del primer escupitajo marrón de la moka italiana, chusmea los detalles que no percibí del slam, tres semanas atrás.
La primera pregunta que le hago, un poco obligada, tiene que ver con la ola de indignación que generaron sus carteles y las especulaciones que comenzaron a circular. Le pregunto por qué yihad. “Nosotros de la palabra sacamos dos etimologías. Una es esfuerzo y la otra es guerra sagrada. La del esfuerzo es la que a mí es la que más me resuena, honestamente. Porque creo que es, a nivel individual, lo que más saco de la Yihad. Es la posibilidad de privarme de lo que tengo para privarme, como el exceso de redes sociales, el exceso de uso de la pantalla, todo eso”.
Antes de que tenga que repreguntar F. agrega con honestidad: “Igual no me voy a correr de la línea de fuego. No voy a decir que no es una palabra provocadora. 100%. No somos tímidos, no queremos evitar confrontar ni evitar ofender. A veces me cuesta también, porque me doy cuenta de que hay una lógica de odio y de hacer ruido, de bardear al otro constantemente. Sin embargo, es un juego que decidimos jugar. Vamos a dar un mensaje fuerte, que atraviese ese ruido constante”.
Este carácter provocador fue lo que les generó tanta viralidad en las redes sociales. De hecho, la mitad de la gente que se sumó a la Yihad ni siquiera vive en la Ciudad de Buenos Aires, donde hicieron la campaña, y se enteró por X de la agrupación. Aún así, F. confiesa que la bola que generó la intervención superó sus expectativas: “Nunca pensamos que lo iban a levantar. Lo único que pensamos, sí, fue qué pasaba si al día siguiente nos llamaba Tenembaum. Y al otro día habló de los carteles. Y dijimos, esto se nos va a ir de las manos”.
Ludditas 2.0.
Si bien los yihadistas se definen como “enemigos mortales de los tecnócratas pero no Ludditas”, hay algo en su dinámica que me recuerda bastante a los seguidores de la figura de Ned Ludd durante la Revolución Industrial. Es que si bien suele asociarse el término luddita con cualquier persona que rechace las nuevas tecnologías, el término es más complejo: este grupo de trabajadores no destruía máquinas y se oponía a la tecnología per se, sino que se oponía a la forma en la que sus dueños las utilizaban para desplazar a los trabajadores cualificados por otros peores pagos y más explotados.
Las nuevas tecnologías de aquel entonces, como los telares mecánicos, prometían facilitar el trabajo y aumentar la productividad, pero en realidad eran parte de una estrategia para transferir costos a los trabajadores y acumular riqueza para quienes controlaban las máquinas, explican en su libro The AI Con, Alex Hanna y Emily M. Bender donde se zambullen en la historia para explicar el uso de la tecnología en la actualidad.
Cerca de la revolución
— ¿La Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción tiene una connotación violenta?
— No, para nada. Como te decía, hay algo del discurso que es violento, pero eso es una estrategia comunicativa. Nunca se trata de ejercer violencia física o material contra alguien o algo. Es lo contrario. Ayer, por ejemplo, nos juntamos 18 personas a tomar sopa y ver una película. Eso es más Yihad que ir y atacar la oficina de Google.
— ¿Cuál es el enemigo?
— Es algo que pienso mucho. Pienso que un poco con el nombre se explica solo, pero pienso mucho que la distracción es algo que existe más allá de la corporación, que existe también en nosotros. No creo que haya que demonizarla. No es malo distraerse. El problema es que esa capacidad está hiperexplotada, hipercapitalizada. Eso es un problema. La guerra para mí es contra eso.
— ¿Y es contra un grupo de empresas en particular o una lucha contra uno mismo?
— No me gusta pensar que el enemigo son seis multimillonarios que controlan corporaciones. Es una narrativa que circula. Pero aunque desaparecieran, serían reemplazados por otros. El enemigo es algo mucho más intrínseco a cómo está planteada la humanidad. Es interno y externo, está en todos lados. Y las luchas que hay que dar también. Quizás una es juntarte con tus amigos. Otra, como organización, es poder dar una lucha más grande, ya sea en canales oficiales, legales, como pensar proyectos de ley, o generar algo artístico y cultural como los carteles, que sensibilicen a la gente sobre su vínculo con el celular.
Mientras salimos del PH y recorremos el largo pasillo que nos separa una bulliciosa calle de Recoleta, F. me recomienda ver Lazzaro felice, una película italiana del 2018, la que vieron tomando sopa unos días atrás. Cuenta un poco: narra la vida de un grupo de campesinos que habitan en una aldea aislada, sometidos a la explotación de una marquesa. Sin embargo, por no conocer que otra cosa es posible, no identidican eso como una opresión. Hasta que un verano logran escapar.

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