La ciencia y la tecnología avanzan como nunca y en 2025 las promesas se renuevan. Son avances en Inteligencia Artificial que planean volver realidad el sueño (o la pesadilla) de integrar humanos y máquinas de manera definitiva: computadoras cuánticas que elevan la potencia de los ordenadores clásicos a una escala jamás imaginada; la exploración del universo a partir del telescopio James Webb y de misiones cada vez más reveladoras hacia el espacio; y avances en biología molecular que habilitan a pensar en una verdadera revolución en los tratamientos y la medicina de precisión. Estos son algunos ejes en los que trabajarán los laboratorios y centros de investigación más encumbrados del mundo.
La IA como punta de lanza
Desde noviembre de 2022, a partir de la irrupción de Chat GPT, las potencialidades de la IA se han popularizado: quienes se mantenían escépticos, comenzaron a creer en las virtudes del aprendizaje automático. Ese fue el puntapié inicial para que cuantiosas inversiones, de allí en más, se volcaran a un rubro en el que se experimenta desde hace décadas. De hecho, el presidente Milei postula a Argentina como un “polo de innovación” en la región, a través de un incierto impulso de la IA. Para ello el gobierno lanzó un plan nuclear orientado a fabricar reactores modulares pequeños y alimentar con ellos los data centers que servirán de usina, aparentemente, de la revolución de la IA.
En 2024 el Nobel de Física fue entregado a John Hopfield y Geoffrey Hintonlos, los “padrinos de la IA”, ya que sentaron las bases para los conocimientos que hoy eclosionan. Y el de Química fue para David Baker, Demis Hassabis y John Jumper por sus aportes ligados al diseño de proteínas y a su caracterización a partir de herramientas provenientes de la computación. Crearon AlphaFold2, un modelo de IA que predice estructuras de las proteínas a partir de las secuencias de aminoácidos. En el futuro inmediato, este conocimiento podría tener un correlato fantástico en el diseño de nuevos fármacos y tratamientos hasta ahora inexistentes.
Las aplicaciones de la IA aportan al campo de la salud al establecer diagnósticos de una manera más calibrada y precisa, según las necesidades del paciente. Y también perfeccionan el estudio del clima al pronosticar el tiempo atmosférico como nunca antes. Pero hay más. Los desarrollos en el área de la robótica y la computación podrían dar como resultado máquinas capaces de desempeñar tareas que antes eran reservadas a los seres humanos, como aptitudes para identificar emociones que podrían ser fundamentales en áreas disímiles como la salud mental y la docencia.
Hay quienes aventuran, más desafiantes, que los mismos chats conversacionales que en el presente se emplean para evacuar dudas de todo tipo, en el futuro serán oráculos que, además, tomarán decisiones por los humanos. Esta premisa ya fue adelantada por el historiador best-seller y experto del área, Yuval Harari. ¿Cuánto faltará para que los jefes de Estado –suele preguntar el intelectual en sus intervenciones públicas– reemplacen a sus ministros y asesores por soluciones de IA preparadas para brindar acciones adecuadas en cuestión de segundos?
Con la mirada fija en el espacio
La carrera espacial ya se retomó en 2024 y cada vez más competidores se anotan para participar. De hecho, en enero pasado Japón fue noticia al convertirse en el quinto país en conquistar la Luna, luego de Rusia, EEUU, China e India. Las naciones más poderosas diseñan materiales para las futuras bases que instalarán en el satélite natural. Sueñan que, hacia finales de década, la Luna sirva como estación de servicio para el premio mayor: Marte. Space X, la compañía de Elon Musk, la persona con más dinero del mundo, continúa con su iniciativa feroz de inundar el cielo con lanzamientos de cohetes, que sirven como antesala para la prueba de componentes esenciales en el futuro cercano.
Uno de los proyectos más ambiciosos se llama Artemis y es liderado por la NASA. Se propone una nueva misión tripulada a la Luna hacia 2028 y en 2033 llegar al planeta rojo. Mientras tanto, el capitalismo hace de las suyas: Blue Origin, la empresa fundada por Jeff Bezos; Virgin Galactic del británico Richard Branson; y Space X de Elon Musk, son algunas de las opciones de turismo espacial que se ofrecen a los bolsillos más gorditos al momento de calmar ansiedades y llevar en viajes fugaces a humanos que quieran sentirse interplanetarios por un rato.
James Webb, el telescopio más poderoso de la historia, seguirá aportando lo suyo en 2025. A través de imágenes y reconstrucciones inéditas, se espera que contribuya con nuevos conocimientos vinculados al origen y el desarrollo del universo.
La computación cuántica no tiene techo
Google ha presentado Willow, un chip que promete mejorar el rendimiento de las computadoras de una manera monstruosa. Tanto que, gracias a su capacidad de procesamiento, en cinco minutos podría desempeñar una tarea que a un ordenador clásico, le llevaría 10 mil trillones de años. La distancia parece abismal y realmente lo es. Aunque se presenta como una panacea, faltarán algunos meses para que los equipos científicos mejor posicionados del planeta saquen sus conclusiones sobre el verdadero alcance de Willow.
De una manera u otra, la computación cuántica es uno de los campos más prometedores en franca expansión, con aplicaciones en medicina, seguridad, economía e IA. ¿El objetivo? Tener máquinas que realicen más tareas en menos tiempo. Mientras que la computación clásica utiliza bits para representar información y realizar cálculos, la computación cuántica reúne elementos de la ciencia de la computación, la física y la matemática, y emplea sistemas denominados qubits, que pueden estar en una superposición de estados y entrelazados entre sí. A la fecha, aunque se ubica como una herramienta que podría cambiarlo todo –gracias a la velocidad de rendimiento– aún debe resolver la cantidad de errores que genera durante los cálculos en relación a las computadoras clásicas.
Según un informe de la consultora McKinsey & Company, la proyección económica de la computación cuántica para 2035 se estima entre 620 mil millones y 1,27 billones de dólares solo para química, finanzas, ciencias de la vida y automóviles. Como en otros rubros, China y EE.UU. se ubican como los principales competidores, ya que tanto sus sectores público y privado destinan miles de millones de dólares en inversión. Es tanto el celo mutuo de espionaje y robo de datos entre ambos países, que esa Guerra Fría está más caliente que nunca.
Las tijeras genéticas, más afiladas que nunca
Una de las técnicas que años atrás prometió revolucionar la biología molecular fueron las tijeras genéticas denominadas Crispr Cas-9. No fue casualidad que en 2020 el Nobel de Química fuera para Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, las responsables de crear esta novedosa herramienta, “capaz de reescribir el código de la vida”.
Permiten editar el genoma de cualquier ser vivo, eliminar virus de células infectadas y corregir defectos genéticos. Pueden rectificar errores que producen muchas enfermedades al cortar los segmentos del genoma en cualquier célula, y también editar las áreas dañadas e introducir cambios en el material genético. Los laboratorios más importantes del mundo realizan experimentos para conocer el origen de diversas patologías, reproducir los defectos genéticos en pruebas experimentales con animales y modificar plantas.
En este año que se abre, las esperanzas vuelven a concentrarse en estas tijeras fáciles de utilizar que podrían brindar muchas soluciones a los pacientes, en lo que se presenta como un nuevo capítulo de medicina de precisión.
Sin embargo, lo que puede ser una potencialidad, al mismo tiempo puede significar una amenaza. En noviembre de 2018, el mundo conoció a He Jiankui, apodado “Frankenstein chino”, que difundió en YouTube un novedoso experimento. A partir del uso de las tijeras aseguró que había conseguido modificar los genes de embriones humanos y así evitó que gemelas nacieran con VIH. A pesar de que la noticia parecía revolucionaria, al poco tiempo se supo que había infringido todas las reglas bioéticas habidas y por haber. Tras ser denunciado, en 2019 fue declarado culpable por un tribunal de Shenzhen y debió cumplir tres años de prisión.
Una incógnita que podría tener nuevas noticias este año se relaciona con la marcha de la de-extinción del mamut lanudo. Un equipo de la Escuela de Medicina de Harvard también emplea esta técnica para “resucitar” al animal extinto hace apenas 6 mil años. Buscan recrear la era de hielo justo en el período de la historia en que el calentamiento global se acentúa.
Vacunas y un menú a la carta
El Sars CoV-2, además de provocar una pandemia que dejó millones de muertos y el congelamiento de economías enteras, impulsó un avance significativo en el diseño de nuevas vacunas. Es el caso de las plataformas de ARN mensajero, como las ideadas por Pfizer y Moderna, que inauguraron una nueva metodología que no se había empleado para prevenir ninguna otra enfermedad. Fue tal el impacto que en 2023, el Nobel de Química fue para Katalin Karikó y Drew Weissman, quienes a partir de estudios de ciencia básica habilitaron el ulterior desarrollo de vacunas.
A diferencia de las tradicionales –funcionan con virus debilitados–, esta novedosa técnica emplea moléculas que indican a las células las proteínas que deben producir. En el organismo, dicho fenómeno simula una infección y, de esta manera, el sistema inmune se entrena para el momento en que se encuentre con un virus real.
Hacia fines de la década, gracias a su estabilidad, versatilidad y seguridad, se espera que las soluciones basadas en esta tecnología puedan ser empleadas en tratamientos para enfermedades crónicas, cáncer y diferentes infecciones. Este año podría ser el trampolín para que este campo florezca de manera impensada.

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