“¿De qué paro hablan si no paramos nada?”, se preguntan los ferroviarios. La frase, repetida en comunicados y entrevistas, resume el malestar del gremio La Fraternidad frente a la conciliación obligatoria que dictó el Gobierno. Los maquinistas sostienen que no hay huelga ni protesta, sino un gesto desesperado: hacer circular los trenes a 30 kilómetros por hora para evitar accidentes en un sistema que, según denuncian, está al borde del colapso.
Durante dos días, las formaciones del AMBA circularon con demoras. No fue por un conflicto salarial, insisten, sino porque las vías están plagadas de roturas, las formaciones carecen de frenos y los repuestos llegarán -según admitieron las autoridades- recién en marzo de 2026. “Si es para cuidar a la gente, no es una medida de fuerza. Los trenes no están en condiciones”, subrayó el secretario general Omar Maturano.
El Gobierno acusó al sindicato de alterar la vida de un millón de usuarios y lo intimó a levantar las supuestas medidas de fuerza. Del otro lado, los trabajadores devolvieron el golpe con cifras: trayectos que deberían durar 30 minutos ahora se extienden a 45; en un mes, cada usuario pierde unas 12 horas de vida arriba de un tren por el mal estado de las vías. “La responsabilidad no es de los maquinistas, sino de quienes vaciaron el ferrocarril”, denunciaron.
El conflicto expuso algo más profundo que una pulseada gremial. En la última reunión con el Ministerio de Trabajo, Maturano pidió que la “policía laboral” inspeccionara las vías y las formaciones. La respuesta fue el silencio. “Es como pedirle a un tornero que trabaje sin torno. Si no hay herramientas, no se puede”, graficó.
Mientras las autoridades prometen soluciones que llegarán dentro de 6 meses, los maquinistas insisten en que circulan a baja velocidad para protegerse a ellos mismos y a los pasajeros.

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