5 de junio de 2026

Colinental

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Odio al pobre

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Desde pequeña, siempre he sentido fascinación por la inmensidad del mar. Esperaba con ansias los programas de verano que se transmitían por televisión desde Mar del Plata. El hotel Provincial, majestuoso e inmenso, abría las imágenes, seguido por los lobos marinos de piedra gigantes, erguidos como granaderos del mar. La secuencia se continuaba con las carpas de colores como pequeñas casitas en fila y mi imagen favorita era la de lxs niñxs, con sus trajes de baño brillando en la playa. Se los veía riendo, corriendo hacia el mar y saltando entre las olas. ¡Ay, qué hermosura me resultaba! Todo parecía muy divertido. Soñaba con que esa espuma blanca de las olas me envolviese como si fueran las enaguas de un vestido de encaje blanco. Sin embargo, las vacaciones eran un lujo difícil de alcanzar para mi familia. El desafío que siembre se nos presentaba era el de llegar a fin de mes. Planear unos días de descanso junto al mar era un sueño inalcanzable.

Todos los veranos eran iguales: las mismas imágenes que lxs niñxs pobres del conurbano sentíamos lejanas. Solo podíamos soñar con el mar o verlo por televisión. Hasta que un día, esa fantasía inalcanzable que me acompañó por años se hizo realidad. Estaba en séptimo grado, terminaba la primaria y mi escuela fue seleccionada entre otras de la provincia de Buenos Aires para viajar a Mar Del Plata. Era nuestro viaje de egresados.

No dormí durante días, soñando en cómo sería ese encuentro con el mar. Salimos desde la municipalidad de Lomas de Zamora. Allí se reunían cientos de familias despidiendo a sus hijxs con alboroto y felicidad. Estoy segura de que ese era el primer viaje para todxs, se percibía en el aire. No se olviden de que no existían las redes sociales y los ojos en ese entonces se usaban para mirar el mundo.

Subimos al mico y saludamos por la ventana a nuestras familias. Era la primera vez que emprendía un viaje sola, pero no era la única. El micro era nuevo, las ventanas tenían cortinas y los asientos se hacían cama, eran muy confortables. Tiré mi asiento hacia atrás y me dormí profundamente. Me desperté por el grito de lxs otrxs niños: “¡Allá está el mar!”. Recuerdo que abrí las cortinas de mi ventana, pero solo veía edificios. Mauro, mi compañero de asiento, me orientó: “¡Ahí no! ¡Al frente tenés que mirar!”. Bajábamos por la Avenida Colon y allá estaba el mar, dándonos la bienvenida. Era mejor que como lo había imaginado: inmenso, de azul profundo que se fundía con el cielo celeste y un sol brillante. Hermoso. La naturaleza en su máxima expresión. Bordeamos la costa, pasamos por la puerta del Hotel Provincial y vimos los lobos marinos enfrentados. Eran más imponentes que por la tele. Todo era inmenso, imponente e inalcanzable para nosotrxs, que nos encontrábamos ahí y no en nuestras casas, mirándolo por pantallas. Lo mejor estaba por venir.

Llegamos al hotel, que era en Chapalmalal. Todo tenía dimensiones enormes y primorosas. Las paredes blancas con ventanas de madera y el techo de tejas rojas resaltaban entre el verde del parque y el fondo de mar. Nunca había visto algo más hermoso en toda mi vida. Al bajar del micro, un aroma te envolvía. No se parecía a ningún otro conocido, era el olor de la playa, el mar. Me sentía en Mónaco. Las habitaciones tenían grandes dimensiones, paredes altas y blancas. Algunas con tres camas, otras, cuatro. A mí me tocó una de tres. No era una cama de una plaza, parecía más grande. El colchón resultaba súper cómodo, como un sommier alto y mullido. Venía con dos almohadas suaves como algodón, sábanas y cubrecamas blancos como la nieve. La comida era riquísima. Los profesores y encargados de las actividades eran unos genios, nos trataban como reyes.

En ese viaje pisé el mar por primera vez. No puedo describir con palabras la emoción que sentí al caminar por la arena hacia la orilla, sentía que era un sueño, que alguien me pellizcara. Estaba entrando a esa inmensidad y mi corazón latía sin parar. Una ola me envolvía y rodé hasta la orilla. Sacudida, miré a mi alrededor y me encontré con todos esos niñxs pobres, con sus trajes de baño nuevos de colores estridentes, que por primera vez en su vida eran lxs protagonistas de la historia. Esta vez eran ellxs quienes se bañaban en el mar.

El recuerdo vino porque me desperté con la noticia de que el gobierno decidió cerrar las unidades turísticas de Chapadmalal y Embalse. Esta semana había trascendido un borrador de una nota de la secretaría de Turismo, Ambiente y Deporte de la Nación, donde se caracterizaban como “innecesarias” a ambas unidades creadas durante el peronismo. La noticia me provocó mucha tristeza y me cuesta creer que Daniel Scioli, actual Ministro de Turismo, Ambiente y Deporte de la Nación, avale esta decisión. Como ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires y ex peronista, conoce mejor que nadie las carencias y necesidades que viven lxs niños bonaerenses. Ya no basta con quitarles la comida a los comedores populares o la leche de fórmula para los bebés prematuros que dejaron de entregar a los hospitales, el desfinanciamiento del FISU (Fondo de integración Socio Urbana) o el presupuesto de las universidades. Ahora, el señor ministro que supo llevar la bandera de la justicia social como emblema de campaña se suma a estas políticas de crueldad que intentan borrar años de trabajo colectivo, que buscaban reducir la brecha de desigualdad.

Unx puede reclamarles mucho a las gestiones anteriores. Puede pensar en que desde hacía tiempo esa infraestructura padecía problemas relacionados con el abandono por desidia, por displicencia o negligencia. Seguramente hubo responsabilidad de todas las administraciones. Pero nunca nadie se había atrevido o había siquiera planteado seriamente que había que cerrar estos lugares. Incluso suponiendo que el turismo social en las coordenadas actuales ya no fuese sostenible, seguramente habría otras alternativas mixtas o cualquier instrumento creativo mejor que decidir soltarles la mano. Esa es la única imagen que me viene a la mente y ahora no puedo asimilar: la de un ex gobernador de la provincia de Buenos Aires soltándoles la mano a todos los “cabecitas negras” que besó en campaña y lo votaron.

Ese viaje cambió mi vida y estoy segura de que lo mismo ocurrió con la de todxs lxs niñxs que estuvieron conmigo. Que se diga que este lugar es “innecesario” expresa en una palabra clara y contundente lo que nuestros actuales representantes consideran que debe ser el rol del Estado en materia de políticas que puedan llevarles alguna felicidad a los sectores más vulnerables.

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