En las redes sociales Romina Reader posa para las fotos como mandando un beso a la cámara. Lo hace cuando cuenta cosas de su día a día, cuando saluda a los seguidores o responde al hate. Mira a la cámara. Le manda un beso. Le habla como si no importara quiénes están del otro lado. Ella pasó por mucho y ahora elige vivir su vida así. Pasó por una larga transición de género y demasiadas cirugías para verse como se ve. Pasó por suficiente.
Tiene dos grandes ojos marrones, una nariz chica, pero ancha y arrugas que no disimulan sus 46 años. El pelo, entre castaño y colorado, le llega hasta la mitad de la espalda y cierra una cara de frente ancha y rasgos suaves. En los últimos años, el olor del antiséptico y el bisturí fueron una constante: se hizo la frente, el mentón, los pómulos, la nariz, los labios y se acomodó los huesos de la mandíbula y la dentadura.
Las operaciones no se las hizo para parecerse a nadie, sino para “ser bonita”. “Porque siempre me discriminaron”, se lamenta. Y piensa seguir así: es un tema del que habla con sus cirujanos y con su chat de inteligencia artificial, al que le pide consejos sobre cómo hacer para verse “más femenina”.
Un arma de doble filo
La historia de Romina es particular, pero no es la única. En el mundo, cada vez más personas llevan sus propias imágenes alteradas a los consultorios de cirujanos plásticos. Son fotos con filtros de redes sociales o modificaciones realizadas por alguna inteligencia artificial. Según un estudio publicado en Cureus, una importante revista de medicina, un 72% de los 68 cirujanos encuestados reportó que “a menudo” o “siempre” los pacientes mencionan filtros de redes sociales en sus consultas.
Estos mismos datos marcan que los cambios de sus rostros con realidad aumentada de Instagram (67%) y TikTok (59%) son las más mencionadas por los pacientes. Y que los rasgos que más buscan trasladar de las pantallas a los cuerpos tiene que ver con conseguir ojos más grandes (46%), nariz más delgada (44%), piel más suave (41%) y mandíbula más definida (36%).
La tendencia, por más de que aún no hay datos oficiales, puede verse también en Argentina. Así lo confirma Jorge Wetzel, presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica Estética y Reparadora, quien asegura que antes los pacientes iban a su consultorio con una foto impresa y le preguntaban si podía hacerles una “nariz como la de Julieta Prandi”. Ahora las fotos con filtros son parte de la nueva norma: “Hay programas comerciales, como Crisalix, donde se carga la foto del paciente y se modifica para mostrar un posible resultado, por ejemplo en una rinoplastia. Es útil, pero puede ser un arma de doble filo”.
No es culpa tuya si la nariz no hace juego en tu cara
Levi Jed Murphy tiene ojos celestes, casi transparentes, y algo achinados. Debajo de unos blancos pómulos lisos, que parecen pegados al hueso malar, nace una nariz respingada, tímida, que contrasta con los labios, rosados y anchos, muy anchos. La mandíbula marcada, con fuertes líneas rectas, y el cuello tatuado con un mandala en negro, suspenden un aire irreal en su rostro, que es suyo y del algoritmo. El rostro que pagó en cada una de las 15 cirugías. El que compró por más de 40 mil dólares para parecerse a su filtro de Instagram. El que lo llevó a los portales de todo el mundo como el influencer de las cirugías plásticas y que ahora aconseja a sus seguidores qué hacer en base a su experiencia.
Para llegar al caso de Murphy hubo un largo camino. El primero en hablar de “dismorfia de Snapchat” fue el médico Tijion Esho, quien tiene varias clínicas de cosmética en el Reino Unido, en 2018. Según explicó entonces, con esta categoría buscaba explicar por qué algunos pacientes se realizaban una cirugía plástica para emular una versión digitalmente alterada de sí mismos. En este caso, por Snapchat, una red social que sirve para conversar mediante fotos.
Sin embargo, en términos más generales es apropiado hablar de trastorno dismórfico corporal, explica el médico psiquiatra y vicepresidente de la Asociación Argentina de Psicofarmacología y Neurociencias (APNA), Ricardo Pérez Rivera. Se trata de un trastorno donde una persona se siente “afligida por una o más áreas de su cuerpo que le generan malestar y angustia”, algo que los lleva a “tener conducta evitativa y chequeo de esas áreas de manera permanente”.
“La dismorfia es un trastorno que está descrito desde fines del 1800. Con lo cual, no es algo de la época. Pero en la medida en la que cada vez las personas se fueron exponiendo más a su propia imagen, cuadros que eran subclínicos pasaron a ser clínicos. Personas que tenían algún tipo de malestar con un área del cuerpo, pero que eran funcionales, al verse presionados por esta presión social sobre la imagen, pasaron a sufrir algo disfuncional, que le genera mayor malestar”, comenta ante la pregunta de este medio.
Entre redes sociales y herramientas
El panorama en este punto parece tomar vertientes. Por un lado, los filtros y las herramientas de inteligencia artificial se expresan en casos como los de Murphy y tanto otros que —como una reinterpretación digital del mito de Narciso— se vieron tanto a sus selfies distorsionadas que se ahogaron en ese mundo y ahora se extrañan frente a sus rasgos naturales. Por otro lado, los casos como los de Romina, donde la tecnología parece ayudar a poner en palabras un deseo cargado a cuestas toda una vida. Un deseo que también puede ser dañino si se mira como al espejo de la bruja de Blancanieves —siguiendo con las metáforas de los clásicos— y se toma por verdad lo que hay del otro lado, por más de que quizás sea imposible de realizar.
“La cirugía estética, ¿qué es? ¿Es verse en armonía con el cuerpo o es tratar de resolver un conflicto interno que tiene uno con algo que les disgusta de su morfología?”, se pregunta el cirujano plástico Marcelo Mackfarlane sentado sobre la camilla de un consultorio frío después de un día agitado de citas y turnos en una clínica privada del barrio de Balvanera. Marcelo es quien realizo varias de las operaciones de Romina, entre ellas la vaginoplastia, y quien ahora explica cómo algunas herramientas impactan de lleno en algunos sectores de la población, como la comunidad trans.
“Muchas veces los pacientes vienen con una captura de pantalla y me dicen más o menos quisiera que me quede así. Dentro de lo que es la estética tengo muchos pacientes transgénero. Hago mucha armonización facial. Y ahí es donde más veo que el paciente opta por usar filtros de TikTok, que tiene varias máscaras, y hacen una foto de la pantalla. Eso se está viendo mucho”, comenta Marcelo, a quien Romina considera “como un padre” por todo el apoyo que recibió de él.
“Antes los pacientes traían una foto de un icono de la belleza del mundo. Pero con el advenimiento de la tecnología se está influyendo mucho en las cirugías. Esto ayuda. Porque uno puede tener mediciones más precisas y llegar a un resultado más cercano a lo que el paciente quiere. Un resultado no mejor en calidad, sino en la estética del paciente”, añade.
Pero también un resultado que puede ser imposible. “Las tecnologías vienen a ayudarnos, pero hay limitaciones. Tal vez el caso de una transición y ver cómo alguien se puede ver con rasgos femeninos fue de ayuda. En mi caso, que un paciente me venga con una nariz operada por un programa no me sirve, porque me da un nivel de exigencia que mi mano y mi conocimiento no va a poder lograr, porque nunca va a poder igualar a una imagen de una computadora, porque estamos trabajando con piel, cartílago y huesos”, contó por su lado Fabián Pérez Rivera, cirujano plástico y miembro de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica.
“Ojalá fuese fácil como lo hace la IA”
— Con la inteligencia artificial me puse labio y me operé de párpado y le hice mirada de gata jiji.
— Ojalá fuese fácil como lo hace la IA.
El diálogo no es inventado, es un chat que ocurrió entre Romina y uno de los médicos con los que suele consultar. La foto adjunta al chat es de una muchacha joven, de unos treinta años, rostro pequeño, ojos avellana con un delineado terminado en punta, una diminuta nariz redondeada, piel blanca, sin arrugas más que por un leve hoyuelo que acompaña una sonrisa sutil. Un rostro simétrico y artificial, imposible de llevar al quirófano.
A Romina la imagen se la dio el ChatGPT, que cuando le habla, la trata de “corazón” y le dice que la “entiende”, pero también le advierte que tiene que hacerle algunas “aclaraciones importantes”: “Yo no soy médica ni puedo reemplazar la opinión de tu cirujano plástico, pero sí puedo explicarte de forma clara en qué consisten las cirugías que mencionás, cómo suele ser la recuperación y qué significan los estudios que nombrás”. Después, sí, el modelo de lenguaje explica en qué consiste una blefaroplastia, un cat eye y un relleno de labios, cómo son los postquirúrgicos de cada intervención y qué estudios médicos debería realizarse antes de llegar al quirófano.
— ¿Te acordás la primera vez que usaste un la inteligencia artificial para buscar a ver cómo te sentías mejor?
— Dicen que, acá en Jujuy, yo soy influencer. Por eso le empecé a preguntar cosas sobre mí. Después le preguntaba si me podía hacer ciertas cirugías, cómo iba a ser el postoperatorio, cómo tenía que cuidarme. Cuando descubrí el ChatGPT comencé a mandarle fotos. Pero yo no sé si es muy privado. Porque vos ponés información o tenés los audios abiertos, te está como vigilando. Entonces pongo fotos mías, le di todos mis datos, y le digo si me podría hacer cierta cirugía. Le pongo mi coagulograma, mis cosas, a ver si me puedo hacer cirugías en la cara. Porque si no estoy sana, no me puedo operar. Entonces le pregunto, le pido qué cirugía me puedo hacer. También hablo con el doctor.
— ¿Y vos qué referencia le decís?
— Yo no me quiero parecer a nadie. Quiero tener rasgos muy marcados femeninos. Yo quiero ser bonita. Porque siempre me discriminaron. Entonces busco también eso.
—¿Te hiciste alguna cirugía en base a una recomendación de la IA?
— Yo le dije más o menos lo que quería al cirujano y él también. Marcelo me hizo la cara y le dije lo que quería, pero me hizo mejores resultados que la inteligencia artificial también. Yo cuando fui con él fui por la vaginoplastia. Para mí es como un padre. Él me hizo cinco cirugías en la cara. Pero yo también le iba diciendo cómo quería y le preguntaba a la inteligencia artificial. Le iba preguntando cómo hacer para tener esos rasgos. Pero ellos siempre me dicen que tienen que ver, que tienen que examinar. Porque no puedo operarme cada dos meses y buscar un resultado. Me dijeron que no me puedo operar toda la cara. Que la cara se va recuperando y es importante para tener más exactitud.
Del otro lado de la pantalla
Romina le preguntó a la inteligencia artificial cómo podría hacer para verse más femenina, pero, ¿qué significa esto para un Gran Modelo de Lenguaje (LLM) como ChatGPT? La respuesta no es estática y va cambiando, pero se puede encontrar si se hace una anatomía de su funcionamiento. Y la encargada de hacer este procedimiento es Maria Frances Gaska, que no es cirujana, sino directora de tecnología de Humai, una organización que trabaja por la inteligencia artificial en proyectos de impacto social, y está siempre pendiente de los lanzamientos y actualizaciones de los sistemas de IA.
“El tema de los sesgos en inteligencia artificial existe desde los modelos más primitivos que había mucho antes de los LLM. Porque los modelos aprenden de datos. Reflejan los datos con los que fueron entrenados. Pero hay algo interesante. Cuando se empezó a combatir el problema de los sesgos, se hizo hincapié en trabajar sobre los datos de entrenamiento para que fueran representativos de toda la población y no estuvieran sesgados ni contuvieran información maliciosa”, empieza Frances Gaska su análisis para explicar por qué para entender lo que significa “mujer” para una IA, hay que ver sus datos.
Y agrega: “Esto se empieza a dejar de poder hacer con los modelos más grandes. Porque es tanta la información que hay que pasarle que no se puede curar ni categorizarla para asegurarse de que ningún grupo está subrepresentado. Entonces se pasa del foco de curar el contenido a curar los outputs. Se crean filtros de contenido. Antes de presentarle al usuario los resultados, se transforman. Los filtros que hoy están ahí son de seguridad del contenido. Mayormente, lo hacen diciendo que no van a responder. Este cambio de enfoque se llevó puesta la representatividad”.
Espejito dime tú
En el universo de los filtros de redes sociales quien hace la punción es Andrés Loaiza, realizador audiovisual apasionado por la realidad aumentada, quien en sus redes sociales hace tutoriales para que cualquiera, desde su casa, pueda sumar su granito de arena a la playa infinita de filtros que inunda cada una de las plataformas sociales.
Detrás de los filtros que te alisan la piel, te achican la nariz, agregan pecas o achinan los ojos, explica Loaiza, está el mundo de la realidad aumentada. “El filtro es algo digital aplicado a la realidad. En un filtro del rostro, lo real eres tú. Lo que se aplica y la información que se agrega es lo digital”, cuenta desde su estudio en Colombia mientras mira a una cámara que lo apunta en un leve cuadro contrapicado que muestra con nitidez la remera de Boca Juniors que lleva puesta.
“Hay muchos tipos de filtros. Sería difícil enumerarlos todos, pero los más fuertes son los de maquillaje o estéticos, que transforman algo del rostro. O los juegos. Ya un tercer grupo podrían ser los filtros más enfocados el tema de marcas, filtros empresariales. Son los tres pilares del tema de los filtros”, explica.
Para crear y subir un filtro es necesario conocimiento, pero no hace falta ser un gran experto. “Un suavizado de piel puede demorarse un par de días, dependiendo la dedicación. En unos tres días se pueden sacar. Esos son básicos, que tienen un nivel de complejidad. Hay que saber qué querés manipular. Porque todo está ahí y tienes que escoger la pieza para suavizar la piel, para cubrir tal o cual arruga”.
Somos historias
Cuando era chica, a Romina le gustaba jugar con sus amigas a Almorzando con Mirtha Kolla. Siempre era elegida la “reina” de la mesa. Aún faltaban décadas para que pudiera empezar su transición de género. Y el camino hasta ahí no fue fácil. A los 13, su papá la secuestró y, enojado por su identidad, la mandó a un internado de varones en Maimará. Fue el puntapié de una vida de huidas y dolor. “Me encerré en mi mundo, no hablé con nadie”, cuenta. Treinta años más tarde, y luego de dos intentos de suicidio, sus palabras están cargadas de vitalidad: “Ahora lucho. Ahora quiero vivir. Ya no quiero morir”.
Ahora también el silencio quedó atrás. “¿Sabés qué es lo lindo de contar? Que yo primero lo contaba sin intenciones. Y esto me hizo que ayude a mucha gente. Porque mucha gente no se anima a exponerse. Yo vivo todo el día encerrada en mi casa también, pero ya no importa lo que piensen los demás. Porque los seis meses que estuve en el hospital, mi mamá estuvo a mi lado, pero hay mucha gente que se esfumó”, dice antes de virar el relato a su primer viaje a Capital Federal y cómo terminó durmiendo en una plaza antes de que la Iglesia la ayudara a comprar un pasaje de vuelta.
Su historia —relatada en una amena charla de teléfono y escrita en un libro hecho con ayuda de la IA y difundido en sus redes sociales— da sentido al mensaje que llega ni bien termina la entrevista, un mensaje de agradecimiento. Dice que la experiencia de poder contar su historia es de por sí valiosa y que espera que ayude a muchas personas. Después manda un video selfie mientras camina por la calle, mira a cámara, sonríe y muestra algo de su barrio jujeño a la hora de la siesta.

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