23 de mayo de 2026

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San Nicolás, entre la preocupación por los despidos masivos y el recuerdo de la privatización de Somisa

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Desde San Nicolás, Buenos Aires

En San Nicolás, provincia de Buenos Aires, hay un murmullo que recorre las calles, como una amenaza que el tiempo trae desde el pasado y que revive años dolorosos. Los despidos y suspensiones en las empresas contratistas de la empresa Ternium-Siderar, del Grupo Techint –el fabricante de acero más grande del país– traen preocupación para una economía local en simbiosis con ese sector de la industria. Pero trae algo más, trae también el recuerdo de lo que pasó con esa misma fábrica tres décadas atrás, cuando dejó de ser Somisa (Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina) por decisión del gobierno de Carlos Menem, que la privatizó y dejó a 6000 personas sin trabajo. “Claro que nos preocupa, todos tenemos gente que trabaja ahí y que cada quincena viene a comprar”, dicen los comerciantes.

La semana pasada, Loberaz, una de las cincuenta empresas contratistas de Ternium-Siderar despidió sin indemnización a alrededor de 220 empleados que se dedicaban a tareas de mantenimiento. Y desde hace 19 días los trabajadores nucleados en la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) llevan adelante un paro por tiempo indeterminado por la negativa de Techint a pagar la paritaria, una negociación que ya lleva 13 meses. “Los salarios están muy comprometidos, por debajo de la línea de la pobreza, y esto es vergonzoso. No se puede precarizar a los trabajadores de la manera que lo está haciendo Paolo Rocca”, le dijo el secretario de la UOM, Abel Furlán, a este diario el jueves durante una movilización masiva. Pero esa incertidumbre que recorre el polo industrial de San Nicolás, casi en el límite con Ramallo, también llega a la ciudad.

“Es el fantasma de Somisa”, decía una periodista local mientras cubría la caravana que terminó en Plaza Mitre, la principal de San Nicolás. Esa referencia se repetirá incontables veces durante esta cobertura, aparecerá sola, sin ninguna pregunta que la induzca. Hay algo que todos recuerdan de la década neoliberal menemista: la proliferación de kioscos, remises y canchas de paddle. En cualquier conversación hay una conexión casi automática entre la privatización de Somisa y el cambio en la geografía comercial de San Nicolás. Puede sonar a cliché, pero el recuerdo se impone una y otra vez, emerge espontáneamente.

Los recuerdos que vuelven

Laura tiene 43 años y es empleada en un negocio de ropa en el centro, mira pasar la caravana desde el fondo del local. “San Nicolás siempre se caracterizó por ser una ciudad metalúrgica, no sé si el impacto económico va a ser un 100 por ciento, pero entre un 60 y 80 sí porque es una rueda, una cadena. Va a ser un eslabón que se va a cortar, quizás nosotras no vivimos de la totalidad de la gente que trabaja en la fábrica, pero en esas familias hay mujeres que son esposas, que son hijas, que son sobrinas”, dice y plantea posibles escenarios: “No es solamente esta empresa, sino que van a ser la que sigue y la que sigue. Es el transporte que los lleva, el que hace la ropa, el que cocina para ellos. Son papás que van a dejar de mandar a chicos al colegio privado”.

Mientras habla, Laura recuerda a su papá, Carmelo, que fue uno de los que se quedó sin trabajo durante la privatización de Somisa en octubre de 1992, cuando Jorge Triaca –el padre del exministro de Trabajo macrista– comenzó una intervención que dejaría a 6000 empleados en la calle– a través de retiros voluntarios y despidos–. Una plan que completó María Julia Alsogaray y que terminó con la compra de la exempresa mixta por parte del grupo Techint por 152,5 millones de dólares, un grupo que hoy vuelve el centro de la escena por el ajuste de Milei. “Yo era chica, pero me acuerdo cuando iba a las asambleas y me acuerdo de los papás de mis compañeras de la escuela que estaban igual. Otros papás tuvieron la suerte de seguir”, dice Laura. “Pero los recuerdos inevitablemente vuelven porque nosotros como ciudadanos ya lo pasamos, no con esta magnitud porque la vez pasada con Somisa fue peor porque quedó mucha gente desempleada”.

Una muestra aleatoria de testimonios por los comercios céntricos mostrará lo mismo: preocupación. Nicolás tiene 36 años y es dueño de una casa de calzados sobre la calle Bartolomé Mitre. Cuenta que su negocio depende, en gran parte, de la gente que “labura en la fábrica, que tiene un rango fijo de días en los que nosotros sabemos que va a haber dinero en la calle”. Se sabe: entre el 5 y el 10 de cada mes y, luego, entre el 20 y 25, habrá más ventas porque los trabajadores quincenales cobran los sueldos. Pero hay algo de esa lógica que está mutando: “Hoy en día eso no está garantizado, no hay un día en la semana en el que sepas que vas a vender. Vos hablas con cualquier comerciante y te dice que esto está para abajo, no hablo con uno que me diga que está vendiendo”, explica Nicolás.

Son las cuatro de la tarde de los primeros días de septiembre y el negocio está vacío. Nicolás mirá el celular en uno de los asientos disponibles para que los clientes se prueben el calzado. “Se está haciendo difícil la espera”, lanza y agrega: “Uno se queda con la esperanza de que esto va a mejorar. Estamos tanto tiempo yendo para abajo que en algún momento tiene que tocar fondo e ir para arriba, pero la espera no es fácil”. Nicolás votó a Milei, pero para este domingo duda en acercarse al cuarto oscuro. “Yo lo voté. No me voy a quitar parte de la culpa, yo lo voté. Pero, ¿Qué iba a votar? ¿A lo otro que era más de lo mismo?. Estoy pensando seriamente en no votar. Como mucha gente que conozco”, anticipa. Y vuelve a la pregunta que se hizo entonces: “Ahora ya están acá ¿Qué hicieron?. Es más de lo mismo disfrazado de otra cosa. Yo veo que los que lo están pagando son los que la pagan siempre: los comerciantes, los jubilados, el trabajador, y ellos se siguen aumentando los sueldos, y encima se siguen descubriendo causas de coimas”.

Mujeres autoconvocadas a la movilización por Siderar.

Pero lo que pasa en Ternium-Siderar no es algo aislado, se suma a lo que sucede con otras firmas como Acerbag, Tenaris o Acindar, que también tuvieron complicaciones. En Santa Fe, Acindar ya se desprendió de 350 operarios entre retiros voluntarios y no renovación de contratos. Según el último reporte de la Cámara Argentina del Acero (CAA), la producción de acero crudo se desplomó 8,6 por ciento intermensual en junio. Si bien a nivel interanual los datos son positivos, se relacionan contra una base de comparación muy reprimida. Desde la UOM consideran que Siderar está produciendo, pero se valen de la crisis para precarizar las condiciones laborales.

«Este gobierno nos tiró abajo la familia»

Entre los afectados por esos vaivenes en la industria están José y Ana, que acompañaron la caravana del jueves para apoyar a uno de sus hijos que fue despedido. Durante la entrevista José no dice nada, observa a su mujer y mientras ella habla se va alejando centímetro a centímetro. Ella cuenta que hay personas con más de 30 años de antigüedad que ahora están desempleados y lo mira. Él le devuelve la mirada y en esa mirada se guarda algo, lo que vive desde hace meses. Minutos después accederá a hablar y dirá: “Este gobierno nos tiró abajo la familia” y sus ojos se humedecerán. Se quedará callado por unos segundos para después profundizar: “Yo trabajaba en la empresa Molino Onkel, 32 años estuve ahí y ahora cerraron y me echaron. Es difícil el día a día, no poder movilizarse en un transporte, un montón de cosas que te dan un nudo en la garganta”. En unos meses, en su familia se perdieron dos ingresos, solo queda el de Ana, que cuenta que tiene que ajustar en comida: “Mi hijo menor no me quiere pedir un yogur porque sabe que no tengo. ¿Sabés lo que es eso?”. Ana y José no dicen a quién votaron, pero dan indicios muy precisos: “Pensé que iba a haber un cambio, pensábamos que era otra cosa, que iba a cambiar la situación, pero lamentablemente nos equivocamos todos”, dice él y agrega: “nunca estuvimos tan mal”.

Cuestión de confianza

Para Ana Chacín todo lo que suceda en Siderar tendrá un impacto grandísimo en la ciudad porque “la gente acá se mantiene del trabajo de las fábricas. Entonces si vos parás una, generás despidos y estás generando también que pequeños comercios se detengan y dejen de funcionar”. Pero Ana no considera que eso tenga relación con la política económica de La Libertad Avanza. “No creo que sea por el gobierno, que está tomando medidas económicas buenas. Confío ciegamente en este gobierno y sé que vamos para adelante porque mucho de esto que se está viviendo es producto de lo que se viene arrastrando durante los últimos 20 años. Van a haber bajas porque están tratando de estabilizar la economía golpeada, pero después se va a recuperar. Estoy segura”, dice.

Ana es venezolana y, si bien se nacionalizó, aún no figura en el padrón, pero si estuviera votaría por la lista violeta en las elecciones provinciales de este domingo. “Las medidas que ha tomado son las correctas, por ejemplo, el hecho de que los extranjeros que vienen se vayan sin dejar nada y absorban todo lo que viene de los servicios públicos, la salud y la educación. Dime, ¿Quién paga eso? Lo paga el laburante con sus impuestos que vive acá y se lo llevan otros. Entonces, el que venga acá tiene que poner un plus”, concluye.

La vida alrededor del alto horno

Entre los que acompañan a los despedidos está Carolina Ríos Finelli, una docente de 42 años que no tiene familiares en la fábrica, pero que igual se suma porque sabe de la importancia industrial y también simbólica que tiene que funcione el alto horno de Siderar –que había sido apagado por la empresa días atrás–. “Nosotros ya lo vimos en los 90, esto fue terrible para nuestra ciudad y para toda la región. Y si realmente se cierra el horno, es muy literal, pero estamos al horno. Porque nosotros dependemos mucho de la fábrica todavía”, cuenta y hace referencia no solo a la ciudad que tiene más de 160.000 habitantes, sino también a las localidades cercanas como Ramallo, Pergamino o Villa Constitución.

“Es volver a los 90 con todos los suicidios, con toda la falta de empleo, con las canchas de paddle. Todo eso desgasta, se debilita, y somos una población importante”, agrega. Quizás esta vez la reconversión tenga forma de Uber, Rappi o cualquiera de los empleos precarizados que impone la economía de las plataformas.

Lo cierto es que en esta ciudad que en diciembre de 2023 votó mayoritariamente a Javier Milei como presidente, casi dos años después lo que hay es angustia, miedo e incertidumbre.

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