En mayo de 2018 el gobierno de Donald Trump resolvió atribuir a las milicias sunitas yihadistas conocidas como Hayat Tahrir al Sham (HTS – Organización para la Liberación de Levante), la denominación de «Entidad Terrorista Extranjera». Asimismo, fijó una recompensa de 10 millones de dólares por la captura de su principal líder, Abu Mohammad al Jolani (foto).
Fue el corolario para el recorrido de una entidad surgida en Siria, en plena guerra civil, y como un desprendimiento de Al Qaeda, que luego no dudaría en formar una alianza con el Estado Islámico (ISIS). Su historia comenzaría a diferenciarse de otras organizaciones a mediados de 2017 cuando se fortaleció en la frontera con Turquía, asumiendo el poder en la provincia siria de Idlib.
Bajo la estrategia de la «guerra prolongada», preparada para los reveses y luego para la vuelta a la normalidad, HTS evidenció una gran capacidad de adaptación, siempre desde un lugar periférico y de baja visibilidad respecto a la mayoría de las demás fuerzas rebeldes. En medio de una coyuntura adversa, y gracias al apoyo de Ankara, el gobierno provincial se convertía en uno de los principales opositores al régimen de Damasco, apoyado por la alianza de Rusia e Irán.
Desde febrero de 2022, HTS aprovechó el asedio de la OTAN hacia Rusia desde territorio ucraniano, pero todavía más supo capitalizar a su favor la ofensiva israelí después del atentado terrorista de Hamas el 7 de octubre de 2023, cuando el gobierno de Netanyahu inició su asedio contra los aliados iraníes en la región, como Hezbolá y otras milicias dentro de Siria y el Líbano.
Si HTS ha sido muy efectivo en cuanto a su construcción política y la redefinición de su estrategia militar, también fue hábil en promocionarse ante las potencias occidentales como una organización que aprendió de sus errores del pasado y que no busca repetirlos en el futuro. En este operativo resultaron fundamentales medios como la CNN, que entrevistó a al Jolani y lo presentó como un «héroe popular» en medio del ascenso de la lucha contra el presidente finalmente depuesto.
De este modo, ya no serían terroristas sino un emergente de las luchas populares en contra de Bashar al Assad. Pero pese a que se presenta como una organización de carácter nacionalista, que abjura del anterior yihadismo internacionalista, para centrarse únicamente en el escenario sirio, sus redes y el impacto de su triunfo exceden, con mucho, el localismo cuyos líderes dicen representar.
En la actualidad, el principal aliado de HTS es el gobierno de Turquía. Aunque se discute el nivel de involucramiento del presidente Recep Tayyip Erdogan en la marcha rebelde hacia Damasco, no hay dudas de que es quien más gana con la salida del poder de al Assad, en una relación agrietada en los últimos tiempos.
Pero la salida de al Assad también resultó conveniente a Estados Unidos, que nunca terminó de aceptar el acuerdo entre Rusia, Irán y Turquía para mantener un gobierno capaz de articular a partidos, guerrillas y organizaciones nacionalistas y étnicas, en algunos casos, con agendas diferenciadas y hasta contrapuestas, y que con su salida buscaría golpear a su mayor socio y sostén, generando un conveniente escenario alternativo a la guerra en Ucrania contra la OTAN.
En este sentido, la salida de al Assad no sólo privaría a Rusia de un aliado de importancia. Las repercusiones geopolíticas por la eventual pérdida de sus dos instalaciones militares, la base aérea de Khmeimim y la base naval en el puerto de Tartus, excederían con mucho el siempre complejo escenario de Medio Oriente, y tendría consecuencias globales, al afectar sus posiciones en África, pero también en el Mediterráneo oriental, amenazando el flanco sur de la OTAN y en la conexión con sus activos en el mar Negro.
La vinculación entre escenarios aparentemente distantes e inconexos resulta llamativa. El 7 de diciembre, cuando la toma de Damasco ya era una realidad, el Departamento de Defensa de Estados Unidos decidió redoblar la ofensiva contra Rusia anunciando un nuevo paquete de ayuda militar para Ucrania por casi mil millones de dólares. El nuevo envío constará de municiones para sistemas de cohetes de artillería de alta movilidad (Himars); equipos y piezas de repuesto para sistemas de artillería, tanques y vehículos blindados; y sistemas aéreos no tripulados (UAS).
La sucesión de hechos y declaraciones producidas en estas últimas horas da cuenta no sólo del efecto político de la rebelión en Siria, sino más aun del pragmatismo imperante en quienes hasta ayer rechazaban a organizaciones como HTS como terroristas pero que hoy, en cambio, resultan funcionales a proyectos y estrategias más amplios, y con un impacto geopolítico todavía mayor.
Si tan sólo unas horas después de la caída de Damasco la administración de Joe Biden emitía declaraciones a favor de Hayat Tahrir al Sham y llamaba a establecer relaciones diplomáticas con el grupo insurgente, un día después el gobierno de Keir Starmer anunciaba la voluntad de repensar su caracterización como organización «terrorista» y se aprestaba a efectuar su reconocimiento.
Una salida facilista y oportunista que podría generar todavía más problemas a los ya existentes, teniendo en cuenta que el involucramiento directo de las potencias de la OTAN podría aumentar el grado de fragmentación y de disolución del Estado sirio en medio de las pujas internas entre ISIS, yihadistas, kurdos, milicias chiitas, etc.
Y en un contexto inflamable donde, además, la presencia geopolítica de Estados Unidos se fortalecería todavía más en los campos petroleros de Al Tanf, en la frontera con Irak y Jordania, y con perspectivas de avanzar hacia el centro de Siria.

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