15 de junio de 2026

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Un equipo del Garrahan realizó un trasplante de hígado exitoso con un procedimiento novedoso

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Aun en épocas de ajuste y de demonización de lo estatal, los hospitales públicos continúan dando buenas noticias. En este caso, un equipo de profesionales del Garrahan logró un hito para la medicina en Argentina y Latinoamérica: trasplantó un hígado que provenía un donante pediátrico en parada cardíaca (o asistolia), es decir, cuyo corazón ya no funcionaba y había fallecido. Quien lo recibió, un niño de dos años que estaba internado en terapia intensiva desde el 20 de noviembre, se recupera de manera favorable.

El paciente, que se encontraba en lista de espera y con un grave estado de salud, protagonizó una cirugía de ablación hepática y renal de la que participaron más de 50 profesionales de la salud. “Tanto para elhospital como para el país representa un hito, marca un antes y un después en la donación de órganos, porque seguramente va a mejorar la procuración necesaria para trasplante. Así que es un procedimiento muy muy importante”, dice a Página 12 Guillermo Moreno, director médico del Hospital Garrahan.

La donación en asistolia es una alternativa que tiene el objetivo de incrementar la disponibilidad de órganos. Esencialmente, quienes donan, brindan sus órganos luego de enfrentar el cese irreversible de sus funciones circulatorias. Así, se trata de pacientes a los que, luego de la evaluación de su situación, se le han retirado las medidas de soporte vital o la adecuación del esfuerzo terapéutico, por decisión consensuada entre ellos, sus familiares y el equipo de profesionales. El individuo se convierte en “un donante a corazón parado”, y permite salvar la vida a alguien más que aguarda por su oportunidad. Por este motivo es que se suele decir que la donación es “una decisión que salva vidas”.

El Garrahan logra este hito en un 2024 repleto de paros y movilizaciones. Sus trabajadores, de hecho, reclaman un 100 por ciento de aumento salarial y un piso de un millón y medio de pesos. En efecto, debido a la gravedad de la situación que atraviesan, muchos profesionales evalúan su salida de la institución. Algo similar a lo que afrontaron, desde inicios del gobierno de Milei, otras áreas de la administración pública, como universidades y laboratorios. En este marco, el hospital afronta el desafío de sostener su servicio de excelencia en medio de un escenario crítico.

El paso a paso

“Habitualmente, para hacer el trasplante uno tiene que tener la muerte cerebral definida por dos electroencefalogramas planos y otras pruebas que realiza el Incucai. Una vez que está certificada la muerte cerebral, se convoca a los diferentes hospitales de acuerdo a la lista de espera para iniciar el proceso de ablación. Así que los certificadores de Incucai llaman y los distintos hospitales que van a aceptar el órgano se acercan y realizan el proceso”, comenta Moreno.

Ahora bien, existen situaciones particulares. Cuando un paciente tiene un daño cerebral o de otro órgano de carácter irreversible, solo se mantiene con vida gracias a tecnología. Eventualmente, se puede decidir que todo lo que haga será fútil y que el esfuerzo para salvar a esa persona no rendirá ningún fruto. En ese momento, describe Moreno, se inicia un trabajo con los médicos intensivistas, psicólogos y especialistas en cuidados paliativos, con el fin de programar una muerte en asistolia controlada.

De esta manera, el paciente ingresa a quirófano acompañado por su familia; ésta se despide y se inicia un proceso tanto de sedación como de analgesia por si persiste algún grado de dolor. “Cuando se suspende el soporte vital, el paciente entra en asistolia y a los 5 minutos se chequea y se confirma que ya está en muerte por paro cardíaco. Se canula y se perfunden los órganos de la zona abdominal a través de una máquina de circulación extracorpórea, que es la que se usa para las cirugías de corazón abierto”, detalla.

Así es como se mantienen los órganos de la cavidad abdominal con buen flujo, con buena oxigenación, para ser más aptos para un trasplante. “En este caso, se procedió a la ablación del hígado, y visto que estaba en buenas condiciones a la visión, es decir, que estaba rosado, se produjo su extracción. El último paso, finalmente, fue el trasplante en el paciente que ya lo estaba esperando”. De hecho, fue así: el niño aguardaba el hígado en la sala de quirófano y con la incisión hecha.

Una ley que lo cambió todo

El procedimiento fue posible gracias a la Ley 27.447 (conocida como Ley Justina), que habilita la donación de personas con una condición irreversible luego de un paro cardíaco. Algo similar a lo que sucede con la muerte encefálica –incorporada en la norma–, que prevé una situación sin retorno para el paciente que dona.

La falta de órganos para donaciones es un problema de salud pública a nivel mundial. Hay que tener en cuenta que muchos pacientes empeoran su calidad de vida, o bien directamente fallecen a la espera de un órgano que pueda reemplazar el que no funciona de forma correcta. De hecho, la norma lleva el nombre de Justina en alusión a la niña de 12 años que murió en 2017 mientras aguardaba por un corazón.

Esta ley funcionó como un punto de inflexión porque cambió el paradigma: a diferencia de lo que ocurría anteriormente, los mayores de 18 años comenzaron a ser considerados como donantes de órganos o tejidos, salvo que previamente hubieran expresado lo contrario. El “consentimiento presunto” –así se conoce este cambio– ya se practicaba en otras naciones y permitió que más personas pudieran acceder al órgano que necesitaban.

En colaboración con el Incucai, el Garrahan otra vez se ubica a la vanguardia de esta clase de procedimientos que democratizan las condiciones de acceso a la salud. Más aún, si se tiene en cuenta la dificultad para recibir órganos si la pediátrica es la población en cuestión. Ambas instituciones recibieron el apoyo y articularon con otras como el Hospital Posadas, y todas contribuyeron con el aporte de logística, conocimiento y profesionales con experticia en un área sensible. Cirujanos y perfusionistas, pero también enfermeros, instrumentadores e intensivistas, son los responsables de un nuevo hito de la salud pública en Argentina. Una nueva buena en medio de la oscuridad. 

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